La Reina Margot

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—¡Pues, señor! —replicó La Hurière con una inocencia admirablemente fingida y un encogimiento de hombros lleno del sentimiento de su propia inferioridad—. Nosotros no tenemos por qué ser valientes ni poseer esa esbeltez refinada. Esto está bien para los nobles gentiles hombres como vos, que lucen cascos dorados y elegantes espadas. Nosotros con montar puntualmente las guardias…

—¡Ah! —dijo La Mole barajando—. ¿Hacéis guardias?

—¡Por Dios, señor conde! ¡Naturalmente! Soy sargento de las milicias burguesas.

Dicho esto, y mientras La Mole daba las cartas, se retiró llevándose un dedo a los labios para recomendar discreción a Coconnas, que cada vez se hallaba más desorientado.

Esta precaución fue causa sin duda de que Coconnas perdiera la segunda jugada con tanta rapidez como la primera.

—Con esto —dijo La Mole— habéis perdido vuestros seis escudos. ¿Queréis jugar la revancha y responder con vuestra futura fortuna?

—Encantado —dijo Coconnas.

—Pero antes de empezar, ¿no teníais una cita con el señor de Guisa?


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