La Reina Margot

La Reina Margot

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—¿Del asesino del almirante?

—Y del capitán De Mouy.

—Sí, por cierto.

—¡Pues bien! El señor Maurevel soy yo.

—¡Oh! —exclamó Coconnas.

—Escuchadme, pues.

—¡Voto al diablo! Ya lo creo que os escucho.

—¡Chist! —dijo Maurevel, poniéndose un dedo en los labios.

Coconnas aguzó el oído.

Se oyó en aquel momento al posadero cerrar la puerta de un cuarto, luego la del corredor, echar los cerrojos y volver precipitadamente al lugar donde estaban Coconnas y Maurevel.

Ofrecióles a cada uno una silla, y cogiendo otra para él, dijo:

—Podéis hablar, señor Maurevel. Todo está cerrado.

Dieron las once en Saint-Germain d’Auxerre. Maurevel contó una por una las campanadas, que resonaron vibrantes y lúgubres en la noche. Cuando la última se perdió en el espacio:

—Señor —dijo, volviéndose a Coconnas, asustado al ver las precauciones que tomaban—, ¿sois buen católico?

—Por tal me tengo —respondió Coconnas.

—¿Sois adicto al rey?


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