La Reina Margot
La Reina Margot —En cuerpo y alma. Hasta os diré que me ofendéis al hacerme semejante pregunta.
—No disputemos por eso. Sólo sé que habréis de seguirnos.
—¿Adónde?
—Poco os importa. Dejaos guiar. Depende de ello vuestra fortuna y tal vez vuestra vida.
—Os advierto que a las doce tengo que estar en el Louvre.
—Precisamente vamos allÃ.
—El señor de Guisa me espera.
—A nosotros también.
—Tengo un santo y seña particular —continuó Coconnas, un poco mortificado al ver que tenÃa que compartir una audiencia con Maurevel y maese La Hurière.
—Nosotros también.
—Pero yo poseo además un distintivo para darme a conocer.
Maurevel sonrió; sacó de su capa un puñado de cruces de tela blanca, dio una a La Hurière, otra a Coconnas y se quedó con una tercera para él. La Hurière prendió la suya a su casco. Maurevel hizo lo mismo con la suya en su sombrero.
—¡Oh! —exclamó Coconnas estupefacto—. ¿De modo que la cita, el santo y seña y el distintivo son para todo el mundo?