La Reina Margot

La Reina Margot

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—Sí, señor; es decir, para los buenos católicos.

—¿Hay entonces fiesta en el Louvre? ¿Algún banquete real? —dijo Coconnas—. Y quieren excluir a esos perros de hugonotes, ¿no es cierto? ¡Bueno! ¡Está bien! ¡Magnífico! Hace ya demasiado tiempo que gozan de favor.

—En efecto, hay fiesta en el Louvre —afirmó Maurevel—. Hay banquete real y los hugonotes están convidados… Más aún: serán los héroes de la fiesta, ¡pagarán el festín! Conque si queréis ser de los nuestros, venid. Comenzamos invitando a su principal campeón, a su Gedeón, como ellos le llaman.

—¿Al almirante? —preguntó Coconnas.

—Sí, al viejo Gaspar, a quien no pude acertar con mi puntería. ¡Imbécil de mí! Y eso que tiré con el arcabuz del rey.

—Aquí tenéis la causa, señor mío, de que lustrara mi casco, afilara mi espada y dispusiera mis cuchillos —dijo con voz estridente maese La Hurière, disfrazado de guerrero. Al oír estas palabras, Coconnas se estremeció y se puso sobremanera pálido. Empezaba a comprender.

—Pero ¿es posible?… Esta fiesta, este banquete…, es que… van a…


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