La Reina Margot

La Reina Margot

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—Habéis tardado mucho en adivinarlo, señor —dijo Maurevel—. Se ve que no estáis harto como nosotros de las impertinencias de esos herejes.

—¿Y vosotros os encargáis de ir a casa del almirante y de…? Maurevel sonrió y llevando a Coconnas hacia una ventana:

—Mirad —le dijo—: ¿Veis allá en la placita, al extremo de la calle, detrás de la iglesia, esa tropa que se alinea sigilosamente en la oscuridad?

—Sí.

—Los hombres que la forman llevan como maese La Hurière y como nosotros una cruz blanca en el sombrero.

—¿Y qué?

—Esos hombres pertenecen a un batallón de suizos de los pequeños cantones mandado por Toquenot. Ya sabéis que esos suizos de los pequeños cantones son compadres del rey.

—¡Ajá! —dijo Coconnas.

—¿Y no veis ahora ese escuadrón de caballería que entra por la calle? ¿Reconocéis a su jefe?

—¿Cómo queréis que lo reconozca —repuso Coconnas estremeciéndose— si he llegado a París esta misma noche?

—Pues es el mismo con quien tenéis una cita a medianoche en el Louvre. Vedle: se dirige a esperaros.

—¿Es el duque de Guisa?


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