La Reina Margot
La Reina Margot —¡El mismo! Los que le escoltan son Marcelo, expreboste de los mercaderes, y J. Cheron, preboste actual. Los dos van a movilizar sus batallones de paisanos: allà tenéis al capitán del barrio, que viene por esta calle; observad bien lo que hace.
—Viene llamando a las puertas. Pero ¿qué es lo que tienen pintado encima las puertas dónde llama?
—Una cruz blanca, joven; una cruz igual a la que llevamos en los sombreros. Antes se encomendaba a Dios el trabajo de reconocer a los suyos, hoy somos más civilizados y le ahorramos esta molestia.
—Todas las puertas donde llama se abren, y de cada casa salen hombres armados.
—Llamará también a la nuestra y saldremos cuando nos toque el turno.
—¿Pero toda esa gente se pone en pie para ir a matar a un anciano hugonote? ¡Esto es vergonzoso! Es una faena propia de asesinos y no de soldados.
—Joven —dijo Maurevel—, si os repugnan los ancianos, podréis elegir entre los maduros. Habrá para todos los gustos. Si despreciáis el puñal, podréis requerir la espada; porque los hugonotes no son hombres que se dejen degollar sin defenderse, y sabréis que todos ellos, jóvenes o viejos, tienen el pellejo duro.
—¿Pero van a matarlos a todos? —exclamó Coconnas.
—A todos.