La Reina Margot
La Reina Margot —Busco la bosada de A la Pelle Etoile, para avisar a un tal sinior Gogonnas.
—¡Aquà estoy, señor Besme! —exclamó el joven.
—¡Pueno! ¡Muy pien!… ¿Estáis listo?
—SÃ, ¿qué debo hacer?
—Lo que os tiga el sinior Maurefel. Estar un puen católico.
—¿OÃs? —preguntó Maurevel.
—Sà —respondió Coconnas—. Pero vos, señor de Besme, ¿dónde vais?
—¿Yo? —preguntó Besme riendo.
—SÃ, vos.
—A decir un balabrita al almirante.
—Decidle dos si es preciso —dijo Maurevel—. Si con la primera se despierta, que se quede dormido con la segunda.
—Estad tranquilo, sinior Maurefel, estad tranquilo y aleccionad pien a este joven.
—No temáis. Los Coconnas son buenos sabuesos de fino olfato y cazadores de pura sangre.
—Adiós.
—Adiós.
—¿Y fos?
—Comenzad la caza; nosotros llegaremos para el festÃn. Besme se alejó y Maurevel cerró la ventana.