La Reina Margot
La Reina Margot —¿Habéis oÃdo, joven? —dijo Maurevel—. Si tenéis algún enemigo particular, aunque no sea del todo hugonote, ponedlo en la lista y caerá con los demás.
Coconnas, más aturdido que nunca por lo que oÃa y presenciaba, miró alternativamente al posadero, que adoptaba bélicas actitudes, y a Maurevel, que tranquilamente sacaba un papel de su bolsillo.
—Aquà está mi lista —dijo—: Son trescientos. Que cada buen católico haga esta noche la décima parte de lo que haré yo y mañana no quedará un solo hereje en el reino.
—¡Silencio! —previno La Hurière.
—¿Qué pasa? —preguntaron a la vez Coconnas y Maurevel.
Se oyó vibrar en aquel momento la campana de Saint-Germain d’Auxerre.
—¡La señal! —gritó Maurevel—. Por lo visto han adelantado la hora. Me dijeron que serÃa a medianoche… ¡Tanto mejor! Cuando se trata de la gloria de Dios y del rey, más vale que adelanten los relojes y no que atrasen.
Retumbó el toque lúgubre de las campanas de la iglesia. Casi al mismo tiempo sonó un tiro e inmediatamente el resplandor de muchas antorchas iluminó como un relámpago la calle de l’Arbre-Sec. Coconnas se pasó por la frente su mano sudorosa.