La Reina Margot

La Reina Margot

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—Muy cierto —repuso Coconnas—, pero en buena ley.

—Os los haya ganado honradamente o no, el caso es que se los tendréis que pagar, mientras que, muerto el perro, se acabó la rabia.

—¡Vamos! ¡Vamos! Apresurémonos, señores —gritó Maurevel—. Matadlo de un balazo, de una estocada, de un martillazo, de un palo o de un golpe cualquiera, con lo que más os guste, pero acabemos si queréis llegar a tiempo como hemos prometido, para ayudar al señor de Guisa en casa del almirante.

Coconnas suspiró.

—¡Vengo volando! —gritó La Hurière—. Esperadme.

—¡Maldita sea! —exclamó Coconnas—. Va a hacer sufrir a ese pobre muchacho y es capaz de robarle. Acabaré con él si es preciso; pero impediré que toque su dinero.

Y movido por tan generosa idea, Coconnas subió la escalera detrás de maese La Hurière, a quien pronto dio alcance, ya que el posadero, a medida que se acercaba a la habitación de su huésped, sin duda por efecto de la reflexión, acortaba el paso. En el momento en que llegaba a la puerta seguido de Coconnas, se oyeron varios disparos en la calle.

Al oírlos, La Mole saltó de la cama y sus pasos hicieron crujir el suelo.


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