La Reina Margot
La Reina Margot —¡Diablo! —murmuró La Hurière un poco perplejo—. Parece despierto.
—Asà lo creo —dijo Coconnas.
—¿Y se defenderá?
—Es capaz. SerÃa gracioso que os matase, maese La Hurière.
—¡Hum! —contestó el aludido.
Pero viéndose armado de un buen arcabuz, cobró ánimos y derribó la puerta de un vigoroso puntapié.
Apareció entonces La Mole, sin sombrero, pero completamente vestido. Se hallaba atrincherado detrás de la cama con la espada entre los dientes y una pistola en cada mano.
—¡Oh! —exclamó Coconnas dilatando las narices como fiera que huele la sangre—. Esto se está poniendo muy interesante, maese La Hurière. ¡Adelante!
—¡Pretenden asesinarme, a lo que veo! —gritó La Mole mientras sus ojos echaban chispas—. ¿Y eres tú, miserable?
Maese La Hurière respondió cargando el arcabuz y apuntando al joven. Gracias a que, vista la maniobra, La Mole se encogió de rodillas, la bala pasó por encima de su cabeza.
—¡A mÃ! ¡A mÃ, señor de Maurevel! —gritó La Hurière.