La Reina Margot

La Reina Margot

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—Buenas noches, señor de Besme —dijo entonces Coconnas acercándose con cierta admiración al alemán, que, todavía en el balcón, limpiaba parsimoniosamente su espada.

—¿Sois vos quién lo mató? —gritó La Hurière en éxtasis—. ¿Cómo lo hicisteis, digno señor mío?

—¡Oh! Muy sincillamente: Él haber oído un ruido, él haber apierto la buerta y yo haberle hundido mi esbada en su cuerpo. Pero eso no es toto; creo que Teligny tatapía resiste, le oigo gritar.

En efecto; oyéronse entonces gritos de angustia que parecían salir de una garganta de mujer; reflejos rojizos iluminaron una de las dos alas que formaban la galería. Dos hombres huían perseguidos por una larga fila de asesinos. Un tiro de arcabuz acabó con uno de ellos; el otro encontró en su camino una ventana abierta y, sin medir la altura ni preocuparse de los enemigos que le esperaban abajo, saltó intrépidamente al patio.

—¡Matadlo! ¡Matadlo! —gritaron los perseguidores, viendo que su presa se escapaba.


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