La Reina Margot

La Reina Margot

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Los ojos del moribundo se abrieron penosamente, su mano ensangrentada se crispó por última vez y el almirante, sin romper su rigidez cadavérica, dijo al sacrílego con voz sepulcral:

—Enrique de Guisa, algún día también sentirás sobre tu pecho la bota de un asesino. Yo no maté a tu padre. ¡Maldito seas!

El duque, pálido y tembloroso a pesar suyo, sintió un escalofrío por todo el cuerpo. Se pasó la mano por la frente como para apartar la fúnebre visión; cuando la dejó caer y osó dirigir sus ojos hacia el almirante, este había cerrado ya los suyos, sus manos se habían vuelto inertes, y un coágulo de sangre negra saliendo de su boca y manchando su blanca barba, había sucedido a las terribles palabras que acababa de pronunciar.

El duque levantó su espada con un gesto de trágica resolución.

—Y bien, señor —le dijo Besme—. ¿Estáis contento?

—Sí, mi amigo —repuso Enrique—, porque has vengado…

—Al duque Francisco, ¿no es cierto?

—A la religión —contestó Enrique con voz ronca—. Y ahora —continuó volviéndose hacia los suizos, soldados y paisanos que llenaban el patio y la calle—: ¡Manos a la obra, amigos, manos a la obra!


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