La Reina Margot
La Reina Margot El ruido sordo de la caÃda y las gotas de sangre que salpicaron el suelo produjeron honda impresión, hasta en el mismo duque.
Pero tal sentimiento no duró mucho; la curiosidad hizo que todos avanzaran algunos pasos y el resplandor de una antorcha iluminó con su luz vacilante a la vÃctima.
Se distinguió entonces una barba blanca, un rostro venerable y dos manos crispadas por la inminencia de la muerte.
—¡El almirante! —exclamaron a un tiempo veinte voces, volviendo a guardar silencio en seguida.
—SÃ, el almirante. ¡Es él! —dijo el duque, acercándose al anciano para contemplarlo con silenciosa satisfacción.
—¡El almirante! ¡El almirante! —repitieron en voz baja todos los testigos de la terrible escena, apretándose unos contra otros y aproximándose tÃmidamente al gran anciano vencido.
—¡Ah, hete aquÃ, Gaspar! —dijo el duque de Guisa en tono de triunfo—. ¡Hiciste asesinar a mi padre y esta es mi venganza!
Y se atrevió a poner el pie sobre el pecho del héroe protestante.