La Reina Margot
La Reina Margot —Tienes razón, Du Gast; gracias, esperaré. Pero en verdad me muero de impaciencia a inquietud. ¡Ah! ¡Si se me escapara!
De pronto, el ruido de pasos se oyó más cerca…, los cristales del primer piso se iluminaron con reflejos de incendio.
La ventana hacia la que el duque alzara tantas veces sus ojos se abrió, o mejor dicho, voló en astillas, y un hombre, con el rostro pálido y el cuello blanco empapado de sangre, apareció en el balcón.
—¡Besme! —gritó el duque—. ¡Por fin! ¡Eres tú! ¿Qué hay?
—¡Mirad, mirad! —respondió con calma el alemán, que, agachándose, volvió a levantarse, pareciendo soportar un peso considerable.
—¿Y los demás? —preguntó con impaciencia el duque—. ¿Dónde están?
—Los demás están con los otros.
—¿Y tú qué estás haciendo?
—Ya feréis, retiraros un poco.
El duque retrocedió un paso.
Pudo ver entonces el objeto que Besme sostenÃa con tan extraordinario esfuerzo.
Era el cuerpo de un anciano. Lo puso sobre la barandilla, lo balanceó un instante en el vacÃo y lo arrojó a los pies de su amo.