La Reina Margot

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—Sí, monseñor; pero casi en seguida llegó el señor de Besme, derribó las puertas a hizo rodear el edificio. El hombre entró, pero os aseguro que no ha podido salir.

—Pero… —dijo Coconnas a La Hurière—, si no me equivoco, aquel que veo allí es el señor de Guisa.

—El mismo, caballero. El gran Enrique de Guisa en persona, que sin duda espera que salga el almirante para hacer con él lo que el almirante hizo con su padre. A cada cual le llega su turno, señor mío, y gracias a Dios, hoy nos ha llegado el nuestro.

—¡Hola, Besme! ¡Hola! —gritó el duque con su voz potente—. ¿No habéis terminado aún?

Y la punta de su espada, tan impaciente como él, sacaba chispas contra las piedras del suelo.

Se oyeron entonces en el palacio gemidos ahogados, algunos tiros, luego un gran rumor de pisadas y chocar de armas, hasta que por último volvió a hacerse el silencio.

El duque hizo ademán de precipitarse dentro de la casa.

—¡Monseñor! ¡Monseñor! —le dijo Du Gast, acercándose y cerrándole el paso—. Vuestra dignidad os obliga a quedaros aquí a esperar.


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