La Reina Margot

La Reina Margot

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Coconnas, Maurevel y La Hurière, a quienes se distinguía desde lejos por sus cruces blancas, fueron acogidos con gritos de bienvenida, y pronto se hallaron en lo más compacto de aquella multitud jadeante y apretada como una jauría.

A no ser porque algunos reconocieron a Maurevel y le abrieron paso, seguramente ni él ni Coconnas y La Hurière, que se deslizaron detrás, hubieran conseguido introducirse en el patio.

En el centro de este patio, cuyas tres puertas habían sido derribadas, se hallaba de pie un hombre, en torno del cual los asesinos dejaban libre un respetuoso espacio.

Apoyado en una espada desnuda, tenía los ojos clavados en el balcón principal del palacio, que se elevaba a unos quince pies del suelo. Este hombre golpeaba impaciente el suelo con un pie y a cada momento se volvía para interrogar a quienes encontraba más cerca.

—¡Todavía, nada! —murmuraba—. Nadie aparece… ¿Le habrán avisado y habrá huido? ¿Qué os parece, Du Gast?

—Que es imposible, señor.

—¿Por qué? ¿No me dijisteis que un momento antes de que llegáramos, un hombre sin sombrero, con la espada desenvainada y corriendo como si le persiguiesen, vino a golpear la puerta y le abrieron?


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