La Reina Margot
La Reina Margot
A mansión que habitaba el almirante se hallaba, como ya hemos dicho, en la calle Bethisy. El cuerpo principal del edificio se elevaba al fondo de un patio.
Las dos alas de esta gran construcción miraban a la calle. Daban acceso a este patio una puerta grande y dos pequeñas abiertas en el muro.
Cuando los tres partidarios del duque de Guisa llegaron a la esquina de la calle Bethisy, qué es una prolongación de la de Saint-Germain d’Auxerre, vieron el palacio rodeado de suizos, soldados y paisanos armados; todos empuñaban en el brazo derecho espadas, picas o arcabuces, y algunos llevaban en la mano izquierda antorchas que iluminaban aquella escena con un resplandor fúnebre y vacilante que tan pronto se proyectaba sobre el suelo o las paredes como sobre aquel mar viviente en el que relampagueaban las armas con su brillo metálico.
Alrededor del palacio y en las calles Tirechappe, Etienne y Bertin-Poirée, la terrible empresa se ponía en práctica. Se oían gritos prolongados, resonaban descargas de mosquetes y a ratos cruzaba algún desdichado semidesnudo, pálido y cubierto de sangre, saltando como un gamo perseguido en medio de un círculo de lúgubre penumbra en el que parecía agitarse un mundo de demonios.
