La Reina Margot
La Reina Margot —¡Ah, vÃbora! —gritó Coconnas, y arrojándose sobre el herido le hundió tres veces la espada en el pecho hasta la empuñadura—. ¡Y ahora, a casa del almirante! —añadió dejando al hugonote debatiéndose en las últimas convulsiones de la agonÃa.
—¡Ah! ¡Ah, señor mÃo, parece que os vais aficionando! —dijo Maurevel.
—SÃ, por cierto. No sé si será el olor de la pólvora lo que me embriaga o la vista de la sangre lo que me excita; pero ¡voto al diablo!, os juro que le estoy tomando gusto a la matanza. Es como si fuera una batida de hombres. Hasta ahora sólo habÃa participado en las de osos o de lobos; pero ¡por mi honor!, que la batida de hombres me resulta más divertida.
Y los tres siguieron animosos su camino.