La Reina Margot

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—¡Quiá! —respondió Maurevel—. Guardo la pólvora para caza mayor.

—Esperad, esperad —repuso el posadero apuntando.

—Sí, y mientras tanto, se os irá de las manos —dijo Coconnas.

Y se lanzó en persecución del infeliz, a quien no tardó en dar alcance, pues se hallaba herido.

En el momento en que, para no matarle por la espalda, le gritaba: «¡Volveos! ¡Volveos!», sonó un tiro, pasó silbando una bala de arcabuz y el fugitivo cayó rodando como una liebre alcanzada en plena carrera por el plomo certero del cazador.

Se oyó un grito de triunfo y, al volverse, el piamontés vio a La Hurière blandiendo su arma.

—¡Ah! —gritaba—. ¡Al menos me he estrenado!

—Sí, pero estuvisteis a punto de atravesarme de parte a parte.

—¡Cuidado, caballero, cuidado! —advirtió La Hurière.

Coconnas dio un salto hacia atrás. El herido se había levantado apoyándose en una rodilla y, dispuesto a vengarse, iba a dar una puñalada a Coconnas en el preciso instante en que la advertencia del posadero puso en guardia al piamontés.


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