La Reina Margot

La Reina Margot

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—¡Bah! —dijo Coconnas—. Soy de la montaña y estoy acostumbrado a correr sobre el hielo. Además, cuando un hombre me ha insultado una vez, soy capaz de subir hasta el cielo o de bajar hasta los infiernos con tal de alcanzarle. ¡Dejadme!

—Id, si queréis —dijo Maurevel—, pero si no se ha muerto, ya estará muy lejos. Mejor será que vengáis con nosotros; si ese se escapa ya encontraréis otros mil que le reemplacen.

—Tenéis razón —aulló Coconnas—. ¡Mueran los hugonotes! ¡Necesito vengarme y cuanto antes mejor!

Los tres bajaron la escalera como un alud.

—¡A casa del almirante! —gritó Maurevel.

—¡A casa del almirante! —repitió La Hurière.

—¡A casa del almirante, pues! —terminó Coconnas.

Y juntos los tres salieron de A la Belle Etoile, dejando de guardia en la posada a Gregorio y a los demás mozos. Se encaminaron hacia la casa del almirante, situada en la calle Bethisy. El fulgor de las antorchas y el ruido de las armas les orientaban.

—¿Eh? ¿Quién viene ahí? —gritó Coconnas—. Un hombre sin jubón y sin capa.

—Alguien que trata de escapar —dijo Maurevel.

—¡Tiradle vos, que tenéis arcabuz! —dijo Coconnas.


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