La Reina Margot
La Reina Margot —¡Ah! ¡Desalmado! —exclamó Coconnas furioso golpeando la puerta con la empuñadura de su espada—. ¡Espera! ¡Espera! ¡Voy a agujerearte el pellejo tantas veces como escudos me ganaste anoche! ¿De modo que vengo para impedir que te hagan daño, para que no te roben, y me recompensas con un tiro en el hombro? ¡Espera! ¡Canalla! ¡Espera!…
Entre tanto maese La Hurière se acercó a la puerta, haciéndola saltar en astillas con un culatazo de su arcabuz.
Coconnas se precipitó por el hueco y fue a dar con la nariz en la pared de enfrente.
La pieza estaba vacÃa y la ventana abierta.
—Se ha tirado a la calle —dijo el posadero—, y como estamos en el cuarto piso se habrá matado.
—O se habrá escapado por el techo de la casa vecina —añadió Coconnas, saltando por encima del barrote de la ventana y dispuesto a seguirle por aquel escarpado y resbaladizo terreno.
Maurevel y La Hurière se precipitaron tras él con ánimo de obligarle a desistir de sus propósitos.
—¿Estáis loco? —le dijeron los dos a la vez—. Vais a mataros.