La Reina Margot
La Reina Margot —¿Quién es? —preguntó una voz femenina.
—¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo! —murmuró La Mole—. Ya vienen…, los oigo…, aquà están…, los veo… Soy yo…
—¿Quién sois vos? —preguntó la voz.
La Mole recordó el santo y seña.
—¡Navarra! ¡Navarra! —gritó.
La puerta se abrió inmediatamente. La Mole, sin ver ni dar las gracias a Guillonne, se precipitó a un vestÃbulo, atravesó un corredor y dos o tres departamentos y llegó por último a una habitación iluminada por una lámpara suspendida del techo.
Bajo unos cortinajes de terciopelo bordado con flores de lis de oro, en un lecho de roble tallado, una mujer semidesnuda, con la cabeza apoyada sobre una mano, tenÃa los ojos dilatados por el terror.
La Mole corrió hacia ella.
—¡Señora! —exclamó—. Están matando y estrangulando a mis hermanos; quieren asesinarme y degollarme a mà también. Sois la reina. ¡Salvadme!
Y se precipitó a sus pies, dejando sobre la alfombra un reguero de sangre.
Al ver a aquel hombre pálido y deshecho arrodillado ante ella, la reina de Navarra se levantó asustada, ocultando su rostro entre las manos y pidiendo auxilio.