La Reina Margot
La Reina Margot Pronto su jubón fue demasiado estrecho para contener los latidos de su corazón y hubo de arrancárselo. Su espada se hizo tan pesada para su mano que la tiró lo más lejos que pudo. A veces le parecía que los pasos se alejaban y que se libraría de sus verdugos. Pero, al oír los gritos de estos, otros asesinos que encontraba a su paso abandonaban su sangrienta tarea y acudían. De pronto, a su izquierda, vio el río que se deslizaba silenciosamente; por un momento pensó que, como el ciervo en el bosque, experimentaría un indecible placer arrojándose al agua, idea de la que sólo la fuerza suprema de la razón pudo disuadirle. A su derecha estaba el Louvre, sombrío, inmóvil, pero lleno de ruidos sordos y siniestros. Por los puentes levadizos entraban y salían soldados cubiertos de cascos y corazas que reflejaban con vivos destellos la luz de la luna. La Mole se acordó del rey de Navarra, así como se había acordado de Coligny: eran sus dos únicos protectores. Reunió todas sus fuerzas, miró al cielo, haciéndose a sí mismo la promesa de abjurar si escapaba con vida de la matanza, dio un rodeo para hacer perder tiempo a sus perseguidores, luego se dirigió derecho hacia el Louvre, atravesando el puente entre la confusión de soldados, recibió otra puñalada de refilón que le rozó las costillas y a pesar de los gritos «¡Matadlo! ¡Matadlo!», que oía a sus espaldas y de la actitud ofensiva que adoptaban los centinelas, se precipitó como una flecha en el patio, llegó hasta el vestíbulo, subió por la escalera hasta el segundo piso, reconoció una puerta y, apoyándose contra ella, golpeó con pies y manos.