La Reina Margot
La Reina Margot —¡Dios mÃo! —murmuró—. ¿Dónde estoy?
—A salvo —dijo Margarita—. Tranquilizaos.
La Mole dirigió con esfuerzo sus ojos a la reina, la devoró un instante con la mirada y balbució:
—¡Oh! ¡Qué bella sois!
Y casi desvanecido cerró los párpados suspirando.
Margarita dio un grito. El joven se habÃa puesto más pálido aún si cabe y ella creyó que aquel suspiro era el último.
—¡Oh! ¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo! —imploró—. ¡Tened piedad de él!
En aquel momento golpearon violentamente la puerta.
Margarita se levantó a medias sosteniendo a La Mole por debajo del brazo.
—¿Quién es? —preguntó.
—¡Señora, soy yo! —gritó una voz de mujer—. Yo, la duquesa de Nevers.
—¡Enriqueta! —exclamó tranquilizadora Margarita—. ¡Oh! No hay peligro, es una amiga, ¿oÃs, señor?
La Mole, haciendo un esfuerzo, se apoyó sobre una rodilla.
—Tratad de sosteneros mientras yo abro la puerta —le dijo la reina.