La Reina Margot
La Reina Margot La Mole apoyó una mano en el suelo y logró mantenerse en equilibrio.
Margarita dio un paso hacia la puerta, pero se detuvo de pronto estremeciéndose de terror.
—¡Ah! ¿No estáis sola? —preguntó al oÃr ruido de armas.
—No, me acompañan doce guardias que me dio mi cuñado, el señor de Guisa.
—¡El señor de Guisa! —murmuró La Mole—. ¡Asesino! ¡Asesino!
—¡Silencio! —le ordenó Margarita—. No pronunciéis ni una sola palabra.
Y miró a su alrededor buscando donde esconder al herido.
—Dadme una espada o un puñal —murmuró La Mole.
—¿Para defenderos? Es inútil. ¿No habéis oÃdo? Ellos son doce y vos estáis solo.
—No, para no caer vivo entre sus manos.
—¡No! ¡No! —dijo Margarita—. Yo os salvaré. ¡Ah! Ese gabinete. Venid.
La Mole hizo un esfuerzo y, sostenido por Margarita, se arrastró hasta el gabinete. Margarita cerró la puerta y guardó la llave en la limosnera.
—No deis un grito, una queja ni un suspiro y estaréis salvado —le dijo a través del tabique.
