La Reina Margot
La Reina Margot El rey de Navarra quedó prisionero en el Louvre. Los hugonotes eran perseguidos más que nunca. A la terrible noche había sucedido un día de matanza más espantoso aún. Las campanas ya no tocaban a rebato. Los gloriosos acentos de los Te Deum, en medio del crimen y de los incendios, resonaban más tristes a la luz del sol que los toques a muertos en la oscuridad de la noche anterior. Pero había algo más. Había sucedido una cosa extraña: un espino blanco, ya florecido en primavera, y que, como de costumbre, perdiera sus perfumadas galas al llegar al mes de junio, acababa de florecer durante la noche. Los católicos, que veían en este acontecimiento un milagro, tomando a Dios por cómplice de sus desmanes, iban en procesión, con cruces y banderas, al cementerio de los Inocentes, donde florecía el espino. Esta especie de aprobación dada por el Cielo a la matanza había duplicado el ardor de los asesinos. Y mientras la ciudad seguía ofreciendo en cada una de sus calles y de sus plazas una escena de desolación, el Louvre había servido ya de fosa común a todos los protestantes que se encontraban dentro en el momento de la señal.
El rey de Navarra, el príncipe de Condé y La Mole eran los únicos supervivientes.