La Reina Margot
La Reina Margot Por su aspecto nadie hubiera dicho que ocurría algo insólito en la ciudad ni en el palacio. Estaba vestido con tanta elegancia como de costumbre. De toda su persona se desprendían aquellos perfumes que Carlos IX despreciaba, pero que tanto su hermano, el duque de Anjou, como él usaban continuamente.
Sólo una mirada tan aguda como la de Margarita podía notar, pese a su palidez más acentuada que de ordinario y al ligero temblor que agitaba sus manos bellas y cuidadas como las de una mujer, que ocultaba en el fondo de su corazón un sentimiento de gozo.
Entró como solía hacerlo. Se acercó a su hermana para besarla. Pero Margarita, en lugar de ofrecerle sus mejillas como hubiese hecho con el rey o con el duque de Anjou, se inclinó y le besó la frente.
El duque de Alençon exhaló un suspiro y apoyó sus labios amoratados sobre la frente de su hermana.
Luego, sentándose, se puso a referir las sangrientas novedades de la noche: la muerte lenta y terrible del almirante; la muerte instantánea de Teligny, que, herido por una bala, expiró inmediatamente.
Se detuvo subrayando todos los detalles horribles de aquella noche con aquel particular amor por la sangre que sentían él y sus dos hermanos.
Margarita le dejó hablar. Por fin, cuando hubo terminado y tras un breve silencio: