La Reina Margot

La Reina Margot

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—Pero —dijo Margarita asombrada—, no sé cómo calificar tan descabellada resolución: es peor que la ingratitud.

—¡Oh, señora! —exclamó La Mole juntando las manos—. Creedme. Lejos de ser ingrato, hay en mi corazón un sentimiento de gratitud que durará toda la vida.

—Entonces no durará mucho tiempo —dijo Margarita conmovida por este tono que no permitía dudar de la sinceridad de las palabras—. Porque se abrirán vuestras heridas y moriréis a causa de la pérdida de sangre o seréis reconocido como hugonote y no andaréis cien pasos sin que os maten.

—Sin embargo, es preciso que abandone el Louvre —murmuró La Mole.

—¡Es preciso! —dijo Margarita mirándole con sus ojos claros y profundos.

Luego, palideciendo ligeramente, continuó:

—¡Ah!, sí, ya comprendo, perdonadme, señor. Hay sin duda fuera del Louvre una persona a quien vuestra ausencia inquieta cruelmente. Es justa, señor de La Mole, vuestra actitud, es natural y yo me hago cargo. ¿Cómo no lo habéis dicho en seguida y cómo no se me ha ocurrido a mí pensarlo? Cuando se ejerce la hospitalidad, se tiene el deber de respetar los afectos del huésped, así como de curar sus heridas y ocuparse tanto de su alma como de su cuerpo.


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