La Reina Margot
La Reina Margot Una vez hecho esto, Margarita pensó en el herido. Cerró todas las puertas, entró en el gabinete, y con gran asombro suyo encontró a La Mole vestido con las mismas ropas que usaba el día anterior, rotas y manchadas de sangre.
Al verla trató de ponerse en pie; pero, débil aún, no pudo sostenerse y cayó sobre el sofá, que se había transformado en lecho.
—¿Qué ocurre, señor? —preguntó Margarita—. ¿Y por qué cumplís tan mal las prescripciones de vuestro médico? ¡Os recomendé reposo y en lugar de obedecerme hacéis todo lo contrario!
—¡Oh, señora, no es culpa mía! —dijo Guillonne—. Rogué y supliqué al señor conde que no hiciera tales locuras, pero me ha declarado que nada podría detenerlo por más tiempo en el Louvre.
—¡Abandonar el Louvre! —dijo Margarita, mirando con asombro al joven, que bajó la vista—. ¡Pero eso es imposible! No podéis caminar, estáis pálido y sin fuerzas, vuestras rodillas tiemblan. Esta mañana la herida del hombro sangraba todavía.
—Señora —respondió el caballero—, del mismo modo que os agradecí profundamente el haberme dado asilo anoche, os suplico que me permitáis marcharme ahora.