La Reina Margot
La Reina Margot
A reina madre miró a su alrededor con una maravillosa rapidez. Los escarpines[11] de terciopelo dejados a los pies de la cama, las ropas de Margarita esparcidas sobre las sillas, las veces que la reina de Navarra se restregó los ojos como para ahuyentar el sueño, convencieron a Catalina de que había despertado a su hija.
Sonrió entonces como quien ve logrados sus propósitos y, señalando un sillón:
—Sentémonos, Margarita —dijo—, y hablemos.
—Os escucho, señora.
—Ya es hora —dijo Catalina, cerrando los ojos con esa lentitud propia de las personas que reflexionan o disimulan profundamente—. Es hora, hija mía, de que comprendáis cuánto deseamos vuestro hermano y yo veros dichosa.
Este exordio era terrible para cualquiera que conociese a Catalina.
«¿Qué irá a decirme?», —pensó Margarita.
—Es verdad que al casaros —continuó la florentina— hemos realizado uno de esos actos políticos a los que se ven obligados muchas veces, por graves intereses, quienes gobiernan. Pero es preciso reconocer, mi pobre niña, que no creímos que la repugnancia del rey de Navarra hacia vos, tan joven, bella y seductora, llegase a tales extremos.
