La Reina Margot
La Reina Margot Margarita se levantó y cruzándose su bata hizo una ceremoniosa reverencia a su madre.
—Hasta esta noche —dijo Catalina— no he sabido, pues de otro modo hubiera venido antes a veros, que vuestro esposo está muy lejos de tener para con vos no ya las atenciones que se deben a una hermosa mujer, sino a una princesa de Francia.
Margarita suspiró, y Catalina, animada por aquella muda adhesión, continuó:
—En efecto, que el rey de Navarra mantenga públicamente a una de mis damas, que la adore hasta el escándalo, que desdeñe por este amor a la mujer que le hemos dado por esposa, es una desgracia que nosotras, pobres todopoderosas, no podemos impedir, pero que hasta el más humilde gentilhombre de nuestro reino castigarÃa llamando a capÃtulo a su yerno o haciéndole llamar por su hijo.
Margarita bajó la cabeza.
—Desde hace algún tiempo —prosiguió Catalina veo por vuestros ojos enrojecidos, por vuestras amargas quejas contra la señora de Sauve, que la herida de vuestro corazón, a pesar de vuestros esfuerzos, no siempre sangra hacia dentro.
Margarita se estremeció; un ligero temblor habÃa agitado las cortinas de la cama; pero felizmente Catalina no lo advirtió.