La Reina Margot
La Reina Margot —Esta herida —dijo acentuando la dulzura—, esta herida, hija, es la mano de una madre la que tiene que curarla. Aquellos que, creyendo asegurar vuestra felicidad, decidieron vuestro matrimonio, y que, en su preocupación por vos, comprueban que todas las noches Enrique de Navarra se equivoca de habitación; los que no pueden permitir que un reyezuelo como él desprecie constantemente a una mujer de vuestra belleza, de vuestro rango y de vuestros méritos, con desdén hacia vuestra persona y desinterés por su posteridad; aquellos que ven, en fin, que al primer viento favorable esa loca e insolente cabeza se volverá contra nuestra familia y os expulsará de su casa, tienen el derecho de separar del suyo vuestro destino, asegurándoos un porvenir más digno de vos y de vuestra condición.
—Sin embargo, señora —respondió Margarita—, a pesar de esas observaciones llenas de amor maternal que me colman de alegrÃa y de honor, tendré el atrevimiento de hacer presente a Vuestra Majestad que el rey de Navarra es mi esposo.
Catalina hizo un gesto de cólera y acercándose a Margarita: