La Reina Margot
La Reina Margot —Sire —dijo La Mole—, al verme perseguido por los asesinos, sin armas, desfallecido a causa de mis heridas, me pareció ver la sombra de mi madre que me guiaba con una cruz en la mano hacia el Louvre. Entonces hice la promesa de adoptar, si salÃa con vida, la religión de mi madre, a quien Dios habÃa permitido abandonar su tumba para servirme de guÃa en tan horrible noche. Dios me condujo aquÃ, Sire. Estoy bajo la doble protección de una princesa de Francia y del rey de Navarra. Mi vida fue salvada milagrosamente; no me queda más que cumplir mi promesa, Sire. Estoy dispuesto a hacerme católico.
Enrique frunció el ceño. Su carácter escéptico comprendÃa perfectamente una conversión por interés; pero dudaba de una conversión movida por la fe.
«El rey no quiere hacerse cargo de mi protegido», pensó Margarita.
Entre tanto, La Mole permanecÃa intimidado y cohibido entre aquellas dos opuestas voluntades. SentÃa, sin acertar a explicárselo, lo ridÃculo de su posición. Fue de nuevo Margarita quien con su femenina delicadeza le sacó del paso.
—Sire —dijo—, nos hemos olvidado de que el herido necesita reposo. Yo también me estoy cayendo de sueño; ¡ya lo veis!