La Reina Margot

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En efecto, La Mole se puso pálido; pero la causa de su malestar fueron estas últimas palabras de Margarita, que oyó e interpretó a su manera.

—¡Pues bien, señora! Nada más sencillo: ¿no podemos dejar descansar al señor de La Mole? —dijo Enrique.

El joven herido dirigió a Margarita una mirada suplicante y, a pesar de hallarse en presencia de dos majestades, se dejó caer en una silla, desfallecido de dolor y de fatiga.

Margarita comprendió todo lo que había de amor en aquella mirada y toda la desesperación que significaba aquel gesto de debilidad.

—Sire —dijo—, creo que Vuestra Majestad no tendrá inconveniente en conceder a este joven gentilhombre, que ha arriesgado su vida por su rey, puesto que estando herido acudió aquí para anunciaros la muerte del almirante y de Teligny, un honor por el que os quedará agradecido eternamente.

—¿Cuál, señora? —preguntó Enrique—. Decídmelo y estoy dispuesto.

—El señor de La Mole dormirá esta noche a los pies de Vuestra Majestad y vos dormiréis en este sofá. En cuanto a mí, con el permiso de mi augusto esposo —agregó Margarita sonriendo—, voy a llamar a Guillonne y volveré a acostarme: porque os aseguro, señor, que de los tres no soy la menos necesitada de descanso.


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