La Reina Margot

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Enrique era inteligente; demasiado quizá: tanto sus amigos como sus enemigos se lo reprocharon más tarde.

Comprendió, pues, que quien así le apartaba del lecho conyugal había adquirido ese derecho por la indiferencia que él había manifestado hacia ella. Por otra parte, Margarita acababa de vengarse de dicha indiferencia salvándole la vida. Así, pues, no hubo nada de amor propio en su respuesta.

—Señora —dijo—, si el señor de La Mole se hallase en estado de pasar a mi alcoba, le ofrecería mi propio lecho.

—Sí —repuso Margarita—, pero a estas horas vuestro departamento no ofrece garantías para ninguno de los dos, y la prudencia aconseja que Vuestra Majestad permanezca aquí hasta mañana.

Y sin esperar la respuesta del rey, llamó a Guillonne, hizo preparar los almohadones para su esposo y una cama para La Mole, que parecía tan feliz y satisfecho de aquel honor, que cualquiera hubiera jurado que no le dolían ya las heridas. Margarita, por su parte, saludó ceremoniosamente al rey, entró a su alcoba, cuyas puertas cerró herméticamente, y se metió en la cama.

«Ahora —dijo para sí— es preciso que el señor de La Mole tenga mañana mismo un protector en el Louvre, y acaso alguien que esta noche se hace el sordo se arrepienta muy pronto».


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