La Reina Margot

La Reina Margot

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Luego hizo señas a la doncella, que estaba esperando para recibir las últimas órdenes.

—Guillonne —le dijo en voz baja—, es preciso que mañana antes de las ocho venga aquí, con un pretexto cualquiera, mi hermano el duque de Alençon.

Daban las dos en palacio.

La Mole conversó un rato de política con el rey, quien poco a poco se fue quedando dormido y pronto empezó a roncar.

Tal vez hubiera dormido también La Mole con tanta placidez como el rey, pero Margarita no dormía y el ruido que hacía al dar vueltas en su lecho venía a turbar las ideas y el sueño del joven.

—Es muy joven —murmuraba Margarita en medio de un insomnio—, tímido; tal vez sea también ridículo, habrá que ver eso; tiene bellos ojos, sin embargo, talle esbelto y no pocos encantos. ¡Pero si no fuera valiente! Huyó… Abjura… Es una lástima, el sueño comenzaba bien… Vamos…, dejemos que las cosas sigan su curso y encomendemos nuestra alma al triple Dios de la loca Enriqueta.

Y cuando amanecía, Margarita se durmió por fin murmurando: «Eros-Cupido-Amor».


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