La Reina Margot
La Reina Margot
ARGARITA no se había equivocado: la cólera acumulada en el fondo del corazón de Catalina por aquella comedia cuya intriga adivinaba sin tener el poder de cambiar en nada el desenlace, necesitó descargarse sobre alguien. En lugar de volver a su habitación, la reina madre subió directamente a la de su dama de honor.
La señora de Sauve esperaba dos visitas; deseaba la de Enrique y temía la de la reina madre. Tendida en el lecho a medio vestir, mientras Dariole vigilaba en la antecámara, oyó girar una llave en la cerradura y luego unos pasos lentos que se aproximaban y que hubieran parecido pesados a no ser tan mullida la alfombra. No reconoció el modo de andar, ligero y apresurado, de Enrique; temió que impidieran a Dariole entrar a advertirla y, con la cabeza apoyada en una mano, aguardó con la mirada y el oído alerta.
Se levantaron las cortinas y la joven vio aparecer a Catalina de Médicis. La reina parecía tranquila; pero la señora de Sauve, habituada desde hacía dos años a estudiar aquel semblante, comprendió cuántas sombrías preocupaciones y quizá crueles venganzas se ocultaban bajo tan aparente calma.
