La Reina Margot
La Reina Margot Al ver a Catalina, la señora de Sauve quiso levantarse de la cama, pero la reina le ordenó con un gesto que no lo hiciera, de modo que la pobre Carlota permaneció clavada en su sitio reuniendo interiormente todas las fuerzas de su alma para hacer frente a la tormenta que se preparaba en silencio.
—¿Enviasteis la llave al rey de Navarra? —preguntó Catalina sin que el tono de su voz revelara la más mínima alteración. Tan sólo sus labios se pusieron lívidos al pronunciar estas palabras.
—Sí, señora… —respondió Carlota, con una voz que en vano intentaba parecer tan serena como la de Catalina.
—¿Y le habéis visto?
—¿A quién? —preguntó la señora de Sauve.
—Al rey de Navarra.
—No, señora; pero como le estoy esperando, al oír girar la llave en la cerradura supuse que era él quien venía.
Al oír esta respuesta, que indicaba una perfecta confianza o un supremo disimulo por parte de la señora de Sauve, Catalina no pudo contener un ligero estremecimiento. Su mano carnosa y corta se crispó.
—Sin embargo, Carlota, sabías perfectamente —dijo con su sonrisa malévola— que el rey de Navarra no vendría esta noche.