La Reina Margot

La Reina Margot

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—¿Yo, señora? ¿Cómo podía saberlo? —exclamó Carlota con un acento de sorpresa perfectamente imitado.

—Sí, tú lo sabías.

—Para no venir —repuso la joven estremeciéndose ante la sola suposición— tiene que haber muerto.

Lo que daba valor a Carlota para mentir de esta manera era la certidumbre de una terrible venganza en el caso de que su pequeña traición fuera descubierta.

—¿No escribiste al rey de Navarra, Carlota mía? —preguntó Catalina con sonrisa cruel y silenciosa.

—No, señora —respondió Carlota con un admirable acento de ingenuidad—. Creo que Vuestra Majestad no me ordenó tal cosa.

Hubo un momento de silencio durante el cual la reina miró a la señora de Sauve como mira la serpiente al pajarito que quiere fascinar.

—Te crees bella y te crees hábil, ¿no es cierto? —dijo entonces Catalina.

—No, señora —respondió Carlota—; sólo sé que Vuestra Majestad ha sido a veces demasiado indulgente para conmigo cuando se trataba de mi belleza o mi habilidad.

—Pues lo engañabas si lo creíste —dijo Catalina animándose— y yo mentía si os lo dije, porque no eres sino una tonta y una fea al lado de mi hija Margot.


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