La Reina Margot

La Reina Margot

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En el preciso momento de recibir sus saludos, aparentó darse cuenta de que había dejado su capa encima de la cama de la reina. Les pidió excusas por recibirles de aquel modo, cogió la capa de manos de Margarita muy ruborizada, y la prendió sobre sus hombros. Luego, volviéndose hacia ellos, les pidió noticias de la ciudad y de la corte.

Margarita observaba de reojo el imperceptible asombro que produjo a los caballeros la inesperada intimidad entre el rey y la reina de Navarra, cuando entró un oficial seguido de tres o cuatro gentiles hombres anunciando al duque de Alençon.

Para que el duque se decidiera a venir, Guillonne no tuvo más que decirle que el rey había pasado la noche en la alcoba de su esposa.

Francisco entró con tanta precipitación, que estuvo a punto de atropellar a los que le precedían. Su primera mirada fue para Enrique; Margarita sólo obtuvo la segunda. Enrique le respondió con un ceremonioso saludo. Margarita mostró un semblante en el que se expresaba la más perfecta serenidad.

Con otra mirada vaga, pero escrutadora, el duque abarcó toda la estancia. Vio la cama en desorden, la huella de dos cabezas en la almohada y el sombrero del rey abandonado sobre una silla. Se puso pálido; pero, sobreponiéndose inmediatamente, dijo:


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