La Reina Margot

La Reina Margot

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—Hermano Enrique, ¿vendréis esta mañana a jugar a la pelota con el rey?

—¿Es el rey quién me hace el honor de invitarme o se trata de una atención vuestra, hermano mío?

—No, el rey no me dijo nada —prosiguió el duque un poco cohibido—, ¿pero no sois de los asiduos a su partida cotidiana?

Enrique sonrió: habían pasado tantos y tan graves sucesos desde la última partida que jugara con el rey, que nada tendría de extraño que Carlos IX hubiese cambiado a sus habituales compañeros de juego.

—Venid —repuso el duque.

—Ya voy, hermano —dijo Enrique sonriendo.

—¿Ya os marcháis? —preguntó Margarita.

—Sí, hermana.

—¿Tenéis mucha prisa?

—Bastante.

—¿Y si os pidiera unos minutos?

Semejante petición era tan rara en boca de Margarita, que su hermano la miró ruborizándose y palideciendo sucesivamente.

«¿Qué irá a decirle?», pensó Enrique, no menos asombrado que el duque de Alençon.

Como si hubiese adivinado el pensamiento de su esposo, Margarita volvióse hacia él:


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