La Reina Margot
La Reina Margot —Señor —le dijo con encantadora sonrisa—, podéis reuniros con Su Majestad si queréis, porque el secreto que he revelado a mi hermano ya lo conocéis. Como os negasteis al ruego que a propósito de este secreto os hice ayer, no quisiera fatigar por segunda vez a Vuestra Majestad repitiendo ante sus oÃdos un deseo que le ha parecido desagradable.
—¿De qué se trata? —preguntó Francisco mirando a los dos con curiosidad.
—¡Ah! —exclamó Enrique enrojeciendo de despecho—. Ya sé lo que queréis decir, señora, y en verdad lamento no ser libre. Pero si no puedo dar al señor de La Mole una hospitalidad, puesto que la que le diera no habrÃa de ofrecerle garantÃa, no puedo por menos de recomendar a mi hermano de Alençon a la persona por quien os interesáis. Quizás —agregó para reforzar aún más las palabras que acabamos de subrayar— mi hermano encuentre el medio de hacer que el señor de La Mole permanezca aquÃ, al lado vuestro…, que serÃa lo mejor, ¿no es cierto, señora?
«Entre los dos harán lo que ninguno es capaz de hacer solo, se dijo Margarita».
Después de haber dicho a Enrique: «A vos, señor, corresponde explicar a mi hermano la razón de nuestro interés por el señor de La Mole, abrió la puerta del gabinete a hizo salir al joven herido».