La Reina Margot
La Reina Margot Enrique, cogido en la trampa, contó en dos palabras al duque de Alençon, semiprotestante para llevar la contraria, asà como Enrique era semicatólico por conveniencia, la llegada de La Mole a ParÃs y de qué dramática manera fue herido el joven cuando le llevaba una importante carta del señor de Auriac.
Cuando el duque volvió la cabeza, La Mole, que habÃa salido del gabinete, se hallaba de pie frente a él.
Francisco, al verlo tan bello y pálido, doblemente seductor por su belleza y por su palidez, sintió nacer una nueva zozobra en el fondo de su alma. Margarita le atacaba al mismo tiempo por el lado de los celos y del amor propio.
—Hermano —le dijo—, respondo de que este joven gentilhombre será útil a quien sepa emplearlo. Si lo aceptáis a vuestro servicio, tendrá en vos un amo poderoso y vos en él un devoto servidor. En estos tiempos es preciso seleccionar bien a quienes nos rodean, sobre todo —añadió bajando la voz de manera que sólo el duque de Alençon pudiese oÃrla— cuando se es ambicioso y se tiene la desgracia de ser el tercero de los prÃncipes de Francia.
Y Margarita se llevó un dedo a los labios como para indicarle que, aunque le daba esta muestra de franqueza, reservaba todavÃa una parte importante de su pensamiento.