La Reina Margot

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—Además —continuó—, es posible que, contrariamente a lo que opina Enrique, no os parezca muy adecuado el que este joven habite tan cerca de mi alcoba.

—Hermana mía —replicó rápidamente Francisco—, si el señor de La Mole está conforme, se hallará instalado dentro de media hora en mi departamento, donde nada tendrá que temer. Si me profesa afecto, yo sabré corresponderle.

Mentía al decir esto, puesto que en el fondo detestaba ya a La Mole.

«Bien, bien…, no me había equivocado —pensó Margarita al ver arrugarse el entrecejo del rey de Navarra—. Ya veo que para sacar partido de ellos es necesario enfrentarles. —Luego, completando su pensamiento, añadió—: Vamos, vamos, ¡bien, Margarita!, como diría Enriqueta».

Media hora más tarde, en efecto, La Mole, eficazmente catequizado por Margarita, besaba la extremidad del vestido de la reina y subía, con bastante agilidad para estar herido, la escalera que conducía al departamento del duque de Alençon.


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