La Reina Margot

La Reina Margot

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Transcurrieron dos o tres días durante los cuales pareció cada vez más consolidada la buena armonía entre Enrique y su esposa. El bearnés obtuvo la dispensa de no abjurar públicamente, pero hubo de renunciar a su religión ante el confesor del rey y todas las mañanas oía la misa que se celebraba en el Louvre. Por las noches se dirigía ostensiblemente hacia las habitaciones de su mujer, entraba por la puerta principal, conversaba con ella un rato y luego salía por la puerta secreta, subiendo a las habitaciones de la señora de Sauve, quien no dejó de participarle la visita que le hiciera Catalina y el peligro indudable que le amenazaba. Informado por ambos lados, Enrique desconfiaba cada vez más de la reina madre, con tanta mayor razón cuanto que el semblante de su suegra comenzaba insensiblemente a volverse amable. Una mañana, Enrique la vio hasta sonreír con complacencia. Este día, con gran disgusto, tuvo que decidirse a no comer más que huevos cocidos que él mismo se mandó preparar y a no beber otra cosa que no fuera el agua sacada del Sena en su presencia. La matanza continuaba, aunque había disminuido su frenesí. El número de hugonotes era ya muy pequeño; la mayor parte había muerto, muchos se escaparon y algunos estaban ocultos.




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