La Reina Margot

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De vez en cuando se oía una gran algazara en algún barrio: tratábase de que se había descubierto a un hugonote. La ejecución podía ser entonces pública o privada, según que el infeliz se viese acorralado en un lugar sin salida o pudiese huir. En este último caso, el acontecimiento era festejado por todo el vecindario. Los católicos, en lugar de apaciguarse al ver desaparecer a sus enemigos, se volvían cada vez más feroces. Y mientras menos enemigos quedaban, más se encarnizaban contra sus desdichadas víctimas.

Carlos IX gozaba extraordinariamente cazando hugonotes, y luego, cuando no pudo hacerlo en persona, se deleitaba con las noticias de las cacerías efectuadas por los demás.

Un día, al volver de jugar al croquet, que, junto con el juego de pelota y la caza, era su deporte favorito, entró en la habitación de su madre con el semblante alegre y seguido de sus habituales cortesanos.

—Madre —dijo abrazando a la florentina, quien al ver su expresión jovial trataba de adivinar la causa—, traigo buenas noticias, ¡por mil demonios! ¿Sabéis una cosa? El ilustre esqueleto del señor almirante, que ya creíamos perdido, ha sido hallado.

—¡Ah! —exclamó Catalina.


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