La Reina Margot
La Reina Margot —¡SÃ, gracias a Dios! Habréis pensado como yo, seguramente, que los perros se habÃan dado un banquete con él, ¿verdad? Pero no fue asÃ. Mi pueblo, mi buen pueblo, ha tenido la ocurrencia de colgarlo del garfio de Montfaucon.
Du haut en bas Gaspar on a jeté,
et puis de bas en haut on l’a monté[12]
—¿Y qué? —dijo Catalina.
—Mi buena madre —repuso Carlos IX—, siempre he tenido deseos, desde que murió, de ver de nuevo a ese buen hombre. Hace buen tiempo; hoy todo me parece recién florecido. El aire está lleno de vida y de perfumes. Me siento mejor que nunca. Si queréis, madre, montaremos a caballo a iremos a Montfaucon.
—Lo harÃa con mucho gusto, hijo mÃo —dijo Catalina—, si no tuviera una entrevista a la que no quiero faltar. Además, para visitar a una persona de la importancia del señor almirante es mejor convidar a toda la corte. Los espectadores tendrán oportunidad de hacer curiosas observaciones. Veremos quién viene y quién se queda.
—Tenéis razón, madre, lo dejaremos para mañana. Invitad, pues, por vuestra parte y yo haré lo mismo por la mÃa, o mejor dicho, no invitemos a nadie. Digamos solamente dónde nos proponemos ir, asà cada uno hará lo que prefiera. Adiós, madre mÃa, voy a tocar el cuerno de caza.