La Reina Margot
La Reina Margot —Abusáis de vuestras fuerzas, Carlos. Ambroise Paré os lo repite sin cesar y tiene razón: es un ejercicio demasiado fuerte para vos.
—¡Bah! ¡Bah! ¡Bah! —dijo Carlos—. Quisiera estar seguro de que no moriré de otra cosa. Enterraré a todos los de mi familia, incluso a Enrique, que deberá sucedernos algún dÃa, según pretende Nostradamus.
Catalina frunció el ceño.
—Hijo mÃo —dijo—, desconfiad sobre todo de las cosas que os parecen más imposibles y, entre tanto, cuidaos.
—Tocaré solamente dos o tres aires de caza para entretener a mis perros, que se mueren de fastidio los pobres. Debà soltarlos contra los hugonotes. Acaso se hubieran divertido.
Y Carlos IX salió de la habitación de su madre, entró en su sala de armas, descolgó un cuerno de caza y se puso a soplar con un vigor que hubiera honrado al propio Rolando. Resultaba imposible comprender cómo de aquel cuerpo débil y enfermizo y de aquellos labios pálidos pudiese salir un soplido tan potente.
Catalina aguardaba en efecto a alguien, tal como se lo habÃa dicho a su hijo. Un momento después de salir el rey, entró una de sus damas de honor y le habló en voz baja. La reina sonrió, se puso de pie, saludó a los cortesanos que la acompañaban y siguió a la mensajera.