La Reina Margot
La Reina Margot El florentino Renato, el mismo a quien el rey de Navarra hiciera una acogida tan diplomática la noche de san Bartolomé, la aguardaba en el oratorio.
—¿Sois vos, Renato? —le dijo Catalina—. Os esperaba con impaciencia.
Renato hizo una reverencia.
—¿Recibisteis el mensaje que os escribà ayer?
—Tuve ese honor, señora.
—¿Habéis repetido, como os ordené, la prueba del horóscopo sacado por Ruggieri y que concuerda tan bien con la profecÃa de Nostradamus, según la cual reinarán mis tres hijos…? Las cosas se han modificado en estos últimos dÃas, Renato, y pensé que era probable que el destino se mostrara menos amenazador.
—Señora —respondió Renato meneando la cabeza—, Vuestra Majestad no ignora que las cosas no modifican el destino, sino que, por el contrario, es este el que gobierna las cosas.
—Pero de todos modos ¿no habréis dejado de repetir el sacrificio?
—En absoluto; lo repetÃ, señora, porque mi primera obligación es obedeceros.
—¿Y cuál fue el resultado?
—El mismo de siempre, señora.
—¿Qué? ¿El cordero negro lanzó otra vez los tres gritos?
—SÃ, señora.