La Reina Margot
La Reina Margot
L duque de Guisa acompañó a su cuñada, la duquesa de Nevers, a su casa, sita en la calle de Chaume, frente a la de Brac. Después de haberla dejado al cuidado de sus doncellas, entró en su cuarto para cambiarse de ropa, coger una capa y armarse de uno de esos puñales cortos y agudos llamados «fe de caballero», que se llevaban sin la espada. En el momento en que iba a cogerlo de encima de la mesa, vio entre la hoja y la vaina un papel.
Lo abrió y leyó lo que sigue:
«Espero que el señor de Guisa no vuelva esta noche al Louvre, o, si lo hace, tome al menos la precaución de armarse con una buena cota de malla y una buena espada».
—¡Ah! —dijo el duque, volviéndose hacia su ayuda de cámara—. ¡Singular advertencia, Robin! Espero que me digas quién entró aquí durante mi ausencia.
—Una sola persona, monseñor.
—¿Quién?
—El señor Du Gast.
—¡Perfectamente! Me pareció reconocer la letra. ¿Estás seguro de que Du Gast ha venido? ¿Le has visto?
—Más todavía, monseñor, he hablado con él.
